19:04 h. Jueves, 24 de abril de 2014

Opinión

El pensamiento contable por Antonio MoralesAntonio Morales

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Y es que no estamos concibiendo otra posibilidad para el ser humano que la de ser un “homo economicus”: un individuo egoísta, consumista, que no contempla más emociones que las del lucro individual ni más metas que las de maximizar las ganancias. A finales de los noventa un colectivo dirigido por Marc Hufty centró sus estudios en lo que llamó el “pensamiento contable” (La pensée comptable. État, neoliberalisme, nouvelle gestion publique) y ya nos hablaba de una relación de fuerzas más favorables al capital que al trabajo, en una mistificación ideológica contraria a las políticas sociales. Se trata de instaurar un Estado mínimo y eficaz sin que importe el crecimiento de las desigualdades sociales y la pobreza y se preguntaba: “¿Está el pensamiento contable destinado a hacer tabla rasa de las formas de gestión más humanas”. Para Luca Marsi (“El pensamiento “economicista”, base ideológica del modelo neoliberal”) no se trata de criticar la enseñanza de las materias económicas, ni de dudar de la importancia de estas disciplinas, sino de la posibilidad de abrir la mente a otras perspectivas, a la posibilidad de profundizar en las relaciones “extraeconómicas” para “salir del marco analítico estrictamente económico, para romper el esquema ideológico dominante y volver a percibir los demás aspectos de las relaciones interpersonales”.

El Nobel Vargas Llosa, en su última visita a Gran Canaria, despojándose del neoliberalismo que ha abrazado sin pudor en los últimos años para quedarse en el liberal que antes fue, nos advertía que en el contexto de este mundo “en el que hay que formar fundamentalmente gente preparada para entrar al mercado laboral, (…) la educación que no incluye una formación integral del individuo y prepara sólo técnicos y especialistas puede crear un mundo robotizado en el que lo primero que podría desplomarse es la democracia. La democracia necesita ciudadanos alertas, que tengan un espíritu crítico que solo las humanidades estimulan y crean”.

Es exactamente lo mismo que plantean dos grandes libros que recomiendo fervientemente: (“Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades”, de Martha C. Nussbaun. Ed. Katz y “Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades”, de Jordi LLovet. Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores).

Para la profesora de derecho y ética Martha C. Nussbaun el mundo está viviendo una profunda crisis que con el tiempo puede ser muy perjudicial para el futuro de la democracia: “la crisis mundial en materia de educación”. El afán de lucro sin límites está descartando aptitudes imprescindibles para la democracia, que pende de un hilo a nivel planetario. Ninguna democracia puede ser estable si no cuenta con el apoyo de ciudadanos educados para este fin, ciudadanos que respeten y se interesen por los demás, que sean capaces de ver a los demás como seres humanos y no como objetos. La rentabilidad y el civismo deben ir siempre de la mano y no es concebible que se sustituya el pensamiento crítico por la rentabilidad a corto plazo, que se valora más que el desarrollo personal. La autora no cuestiona en ningún momento la ciencia y la tecnología sino el abandono de otras capacidades vitales: “desarrollar un pensamiento crítico, la capacidad de trascender las lealtades nacionales y de afrontar los problemas internacionales como “ciudadanos del mundo”; y por último, la capacidad de imaginar con compasión las dificultades del prójimo”. “La educación para el crecimiento económico se opondrá a la presencia de las artes y las humanidades como ingredientes de la formación elemental mediante un ataque que, hoy en día, se puede observar en todo el planeta”. Cuestiona que sea el crecimiento económico el que traiga los otros valores que defiende, como se nos intenta vender, y critica que el progreso de una nación se mida solo por el PIB, o el desarrollo económico, sin tener en cuenta la distribución de la riqueza y la igualdad… frente al paradigma del desarrollo humano. Los derechos y el cuestionamiento del presente no pueden ser abrogados por la economía. El miedo a las Humanidades esconde el temor a que se genere la comprensión frente a la moral obtusa. La capacidad de reflexionar y argumentar en lugar de someterse que facilitan las carreras humanísticas suponen un valor esencial para la democracia. Hay que impedir que se forjen generaciones sumisas, máquinas utilitarias, eficientes y productivas y sin capacidad de pensar, de debatir, de ser críticas… Por último, Nussbaum propone incentivar al máximo la educación para la ciudadanía democrática como forma de preservar la salud de la sociedad. Para evitar el “suicidio del alma” como escribió Tagore.

En la misma línea abunda el catedrático de Literatura y profesor de Filosofía Jordi Llovet, para el que el plan Bolonia no ha sido sino “meter la mano neoliberal en la organización de la enseñanza superior, (…) nada más lejos de los antiguos propósitos liberales de la primera mitad del siglo XX”. Las Humanidades (historiografía, literatura…) mostraron en todo momento una dimensión moral y política de primer orden: “que los ciudadanos mantengan una razón despierta y vigilante, a cualquier precio, forma parte de la definición de la democracia desde su fundación occidental (…) No puede construirse ningún sistema democrático propiamente dicho si la ciudadanía no está preparada intelectualmente para el necesario discernimiento de todos los hechos que se le presentan a diario ante sus ojos y su consciencia”. Aunque sea “sin fines de lucro”, no podemos renunciar a un debate en el que nos jugamos mucho.

PD.- Mientras leía el libro de Martha C. Nussbaum, el pasado día 16 de mayo se anunciaba que se le concedía el premio Príncipe de Asturias 2012. La paradoja es que se le premia por lo que dice pero, al mismo tiempo, se hace lo contrario. Miren si no el cambio de giro de la asignatura de Educación para la ciudadanía del ministro Wert que sustituye los contenidos –a los que llama ideológicos- dedicados a la homofobia o las desigualdades por la “libertad económica".


Antonio Morales
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