20:17 h. Miércoles, 23 de abril de 2014

Opinión

Datos para la historia por Juan Marrero Portugués*Juan Marrero Portugués*

Colaboradores

Sin acritud y sin deseo alguno de polémica, solo con el propósito de que los casuales lectores de dicho artículo, y que puedan estar interesados en el tema, tengan una más completa información sobre aquellos hechos, que no tuvo la oportunidad de vivir personalmente el autor del escrito, por no residir entonces, hace más de 35 años, en Las Palmas de Gran Canaria, me atrevo a facilitar algunos datos complementarios, para que el lector se pueda formar su propio juicio de valor.

En primer lugar, La Caja de Canarias, en aquella época – década de los 70 – nunca estuvo en quiebra. Si lo hubiera estado, el Banco de España la hubiera intervenido inmediatamente, como había hecho y lo hizo posteriormente, con otras instituciones análogas. Es cierto que tuvo dificultades económicas, con algunos ejercicios cerrados con pérdidas –ninguno bajo mi mandato— pero todo el sector bancario de España, en aquella época, estaba sufriendo la llamada crisis del petróleo, análoga a la actual, aunque ésta es más persistente. La Caja recibió entonces importantes ayudas crediticias del Banco de España y de la Confederación Española de Cajas de Ahorro, como las recibieron otras instituciones de crédito, pero, las disfrutaron, porque tenían solvencia suficiente para ello. Las ayudas fueron devueltas puntualmente por mis sucesores, en gran parte con los beneficios obtenidos con las ventas de inversiones realizadas bajo mi gestión, como veremos más adelante.

Es verdad, que con posterioridad a mi dimisión como director, por algunas personas, se aireó la noticia incierta de que La Caja estaba en quiebra. Incluso en el Parlamento de Canarias en el año 1987, un político local lo sostuvo, al que entonces me dirigí en carta abierta en los dos periódicos de Las Palmas, diciéndole que su afirmación no era cierta y, que si lo era, que lo demostrara públicamente, cosa que, como es natural, no pudo hacer. Las razones por las que estas personas difundieron esta falsedad, podrán ser esclarecidas, por algún curioso historiador en un futuro, que deseo sea lejano, para que quede protegida su imparcialidad.

¿Tendría que ver con éste hecho que La Caja era entonces la entidad de crédito más importante del archipiélago, con una obra social ejemplar? Por ejemplo, sostuvo varios centros destinados a proteger a un millar de niños y personas discapacitadas psíquicas; además, amparados por la UNESCO; se creó el primer centro regional de la UNED en toda España, que afortunadamente aún subsiste con pleno éxito; o fundó el CIES, el más importante Centro de Investigación Económica y Social que ha existido en Canarias; o hizo posible la existencia de ASTICAN, la industria hoy más representativa de nuestra isla; o alentó un Servicio Agrícola que animó a nuestros agricultores a buscar nuevas soluciones para la siempre problemática agricultura. Y todo esto partiendo de la nada, veinte años atrás. Lo dicho, ¿tendrá que ver todo esto con el infundio de que La Caja estaba en quiebra? El aún ignoto historiador, lo descifrará algún día.

Respecto a la alusión a que fui uno de los primeros banqueros de España en introducirse en el mundo de la especulación y el ladrillo fundando el Titanic de Protucasa, el periodista citado no podrá referirse, como tal especulación, al millar de viviendas sociales que se construyeron entonces, exclusivamente para los imponentes y que se concretaron la mayor parte de ellas en los Barrios de Zárate – 500 – y en El Batán – 400 -, incluidas sus urbanizaciones, ni tampoco a PROTUCASA que, por cierto, ha sido la única empresa netamente canaria, que ha cotizado en Bolsa y que ha dejado en el paisaje de las islas, magnificas obras, como el Arrecife Gran Hotel, el Aparhotel Protucasa en Playa del Inglés o el Hotel Paraíso también en el mismo sitio. El periodista ha debido sufrir alguna equivocación, por otra parte, perfectamente disculpable, para quien tanto escribe.

Por lo que se refiere a su comentario sobre Protucasa, que dice sufrió una administración como mínimo dañina para los impositores, ha debido confiar en alguien no suficientemente informado, porque al final de su triste desaparición generó unos importantísimos beneficios para La Caja, es decir, para sus impositores. Punta Jandía, con 40 millones de m2, que había costado 300 millones de pesetas, la vendieron a Lopesan en 4.000 millones de pesetas. Playa Dorada, también en Jandía, comprada en 100 millones, se vendió en 500 a unos alemanes y La Santa, en Lanzarote - ¡la denostada!- con dos millones de m2 que costó 45 millones de pesetas -15 pagados en mi época, más 30 pagados por mis sucesores - se vendió la mitad, inicialmente, a unos daneses en mil millones, y el resto, hace muy pocos años, en 2.000 millones al Estado Español.

El mismo periodista afirma que, dada la grave situación económica de La Caja, los políticos de entonces, con Lorenzo Olarte y Mauricio a la cabeza, se ven obligados a intervenir, para salvar los muebles. Es cierto que Olarte y Mauricio se pusieron de acuerdo para echarme. Lo ratificó el propio Mauricio el domingo 20 de diciembre de 1987, en declaraciones al mismo periódico en donde escribe este periodista. Dijo entonces, rechazo cualquier entendimiento actual con Olarte, y puntualiza a continuación, con él llegamos a un acuerdo en la caída de Marrero Portugués al frente de La Caja de Ahorros y que la autonomía canaria fuera por el art. 151, nada más. Es decir, que mi caída fue pactada políticamente y no por razones profesionales. Bueno, lo mismo les ocurrió, sucesivamente, a los dos directores que me sustituyeron a continuación. ¡Pobre Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria!

Por lo que se refiere a la errónea adjudicación que me hace, de haber sido el culpable personal de la denuncia a la Fiscalía Anticorrupción de determinados administradores del Icfem, le disculpo, pues no me extraña que no sepa el funcionamiento de la Audiencia de Cuentas de Canarias, esa gran desconocida. El acuerdo fue tomado por el pleno, órgano colegiado, integrado por cinco consejeros-auditores, elegidos por los tres partidos mayoritarios del Parlamento, y no por mí personalmente. Alguna razón debió de tener la Audiencia cuando algunos de esos administradores han sido implicados por el Fiscal.

Y, finalmente, mi salida de La Caja fue una decisión personal, que me fue pedida, después de tres años de litigios, como un favor especial, por la Confederación Española de Cajas de Ahorro, a través de Don Juan Ravina, Abogado del Estado y, en funciones entonces, de Presidente de La Caja de Ahorros de Tenerife. Mi abogado era el Presidente de La Caja de Ahorros de Madrid. Fue un 30 de diciembre de 1979. El día 10 de aquel mismo mes, la Audiencia Nacional había fallado a mi favor, ordenando mi inmediata incorporación a La Caja.

Me fui profundamente dolorido. Me habían arrancado de mis manos 25 años de trabajo, de ilusiones y de logros maravillosos.

Mi único consuelo es que me llevaba en mi bolsillo una carta de Don Vicente Rojas Mateos, notario de Las Palmas, vicepresidente entonces de La Caja, que entre otras cosas me decía en la misma: tu honestidad, en el más amplio sentido de la palabra está fuera de toda duda…y nada te digo de tu competencia profesional, porque a la vista de todos está, ya que la transformación y altura por la misma alcanzada como entidad financiera, durante los muchos años que ostentaste la dirección de la misma, lo prueban suficientemente.

*Hijo Predilecto de Gran Canaria. Exdirector de La Caja de Canarias (1959-1979)                                                                              


Juan Marrero Portugués*
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