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/ 18/06/2007 (19:27 h.)
LA GUINDALERA
Esperando el marisco
JOSÉ H. CHELA
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Dicen los que saben de estas cosas, y en el Instituto Canario de Ciencias Marinas saben un montón al respecto, que en las profundidades de nuestros mares isleños habitan unos artrópodos fenomenales, de gran tamaño y notable exquisitez. Pregunten a los responsables del proyecto Pescprof (que significará Pesca de Profundidad, imagino) y les hablarán de los espectaculares y se supone que sabrosos habitantes de unas zonas submarinas situadas a algo así como 3.000 metros de la superficie, entre ellos gambas y cangrejos de una considerable calidad en opinión de los expertos que los han probado. Los cangrejos rey y los camarones soldado (como se ve también hay clases y grados en el mundo del marisco) tendrían grandes posibilidades como productos de exportación en el mercado especializado. La cosa, aunque haya quien se sorprenda cuando se saca a colación, no es nueva. Hay unos camarones fantásticos en las Islas, familiares seguramente de esos otros casi abisales, que yo he probado a la plancha, capaces de competir sin complejos con las gambas de Huelva, y los cangrejos con los que en La Restinga elaboran la célebre sopa de lo mismo, deben ser primos de esos que nos cuentan los investigadores del Instituto mentado más arriba.
Hace meses que se volvió a hablar en los medios de este asunto y de las grandes posibilidades de negocio y de trabajo y de recuperación modernizada de la casi extinta flota pesquera isleña que podría generar esa fuente de recursos que tenemos por ahí abajo, en las aguas que nos rodean. Las cofradías de pescadores colaboran ya con los científicos, convencidas de que se trata de una opción válida y no un utópico delirio. Lo que se hace preciso es contar con ayudas –fáciles de lograr en Europa al parecer- para encarar la renovación tecnológica que permita a los barcos realizar capturas (y localizarlas) a tamaña hondura y modificar algunas normativas en cuanto a aparejos, artes y prácticas de pesca. Y con media docena de buques por isla contaríamos, ya digo, con un auténtico tesoro de primor, al que habría que cuidar, claro, para no extinguirlo a las primeras de cambio. Preguntaba yo, el otro día, a una autoridad en la materia cómo iban estas iniciativas y me dijo –como ven no le hice caso, lo siento- que mejor no menear la cuestión de momento. Y es que nos equivocamos cuando nos referimos a las aguas entre las islas como “nuestros mares isleños”. En tanto no cambien las cosas, ese mar continúa sin pertenecernos y, como es internacional, cualquiera puede venir y aprovecharse sin necesidad de permiso alguno, de esa riqueza que les cuento. Ése es un problema que, al margen de ideologías y gobiernos, hay que arreglar de una puñetera vez en esta legislatura.

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