Con la parte gruesa del presupuesto sin ejecutar, se fue del Cabildo de Gran Canaria ese hombre que por afectación megalómana terminó siendo, aparte de un político lejano al ciudadano, un pésimo gestor.
José Manuel Soria apenas lució atributos en su paso por el Cabildo, pero además, dio cuenta de cierta irresponsabilidad. Desde que comenzó el verano se oían voces expresando que las cumbres estaban secas y sucias y que aquello era un peligro permanente. No queremos culpar a nadie de ese doloroso desastre, presuntamente causado por una mano criminal, pero tampoco deben irse de rositas aquellos que no hicieron lo que debían para que los bosques no fueran una tea.
Es claro que Canarias no es un ejemplo en lo que se refiere a la gestión de espacios protegidos. Se hicieron dos leyes de proteción bastante lúcidas y oportunas, pero nunca se ha llegado al fondo de los derechos de los propietarios de espacios protegidos ni del potencial de Uso y Gestión que pueden y deben tener esos espacios protegidos. Se protegen sobre un plano y se olvidan.
La multiplicidad de competencias concurrentes y el confuso proceso de traspasos o delegaciones de competencias hacen del territorio protegido un asunto difícilmente inmarcesible.
Desde hace años las administraciones públicas son taxativas en la prohibición, pero incompetentes en la propuesta concreta para poner en valor esos territorios protegidos. Eso se ha traducido en un extrañamiento de los ciudadanos, sobre todo los vecinos de esos lugares protegidos que observan el futuro como una nube siempre gris y llena de pesimismo.
Paradigma del mal hacer ha sido el Gobierno insular del señor Soria. Con presupuesto excedente, no tuvo tiempo ni ganas de atender esos espacios con las medidas pertinentes. Y si no le son exigibles ideas brillantes que no se pueden esperar del hoy vicepresidente del Gobierno, sí era su obligación arbitrar los medios que tenía en su presupuesto para que las cumbres de la isla no estuvieran desantendidas: debido a la escasez de lluvias, la cobertera vegetal tenía tal grado de sequedad, y la ausencia de medidas preventivas contra el fuego eran tan alarmantes que sólo la suerte nos hubiera librado este verano de una desgracia. La suerte que no tuvimos. ¿Se pudo evitar? Nadie lo puede aseverar. ¿Se pudo hacer más? Sin duda, el Cabildo pudo hacer bastante más.
La vertiente positiva de la desgracia la han puesto los líderes políticos actuales, José Miguel Pérez, desde el Cabildo, y Paulino Rivero, desde el Gobierno. Ambos se han felicitado con razón del buen funcionamiento que ha tenido la coordinación entre estos dos niveles de lo público con el Estado, que ha contribuido de modo decisivo para que el terrible incendio no tuviera peores consecuencias.
Los efectivos del Cabildo, que siempre mantuvo la coordinación de todo el operativo, sumados a la recién formada Unidad Militar de Emergencias (UME), los aparatos de Medio Ambiente del Estado y los efectivos de la Comunidad Autónoma funcionaron en esta ocasión de modo adecuado.
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