En terminando el mes de agosto, los psicólogos y otras gentes de mal vivir, como los periodistas, se han lanzado no sé si a glosar, a prevenir o a crearnos la que llaman “depresión posvacacional”. El síndrome lo padecerían quienes regresan a la rutina del trabajo y la chiquillería de vuelta al colegio. En el primer caso, podría ser medida del Gobierno para consolar a los millones que están sin un trabajo que los deprima; en el segundo, chocan la severidad de la advertencia y la alegría de los guayetes al reencontrarse con los compañeros. La depresión posvacacional viene a unirse, así, a la panoplia atemorizante de colesteroles, triglicéridos y transaminasas; a las gripes que recorren el abecedario; a las alarmas meteorológicas que saltan de un color a otro con intermitencias de semáforo enloquecido; a la globalización informativa cargada de imágenes de catástrofes tan naturales, tan naturales, que se ceban en los más pobres de la Tierra. No ganamos para sustos, oye.
Quiero decir, en fin, que me tomé a coña el asunto de la depresión hasta regresar de viaje y toparme con lo de siempre. No me deprimió, pero casi.
El episodio de la señora del general del Ejército de Tierra, por ejemplo, es de lo más chungo. Seguro que se equivocó al meterse en dirección contraria por la autovía del Centro pues a nadie, en su sano juicio, se le ocurriría cosa como ésa. El disparate vino después, al derivar el incidente en conflicto de la Guardia Civil, que pretendía pasarlo por alto y la Policía Nacional, que denunció a la generala. Una cuestión, dicen, de competencias en la que no han faltado cartas, diría yo que intimidatorias, a la autoridad civil y la presencia en la puerta del Juzgado de oficiales del Ejército disconformes con que se sancionara a la conductora, que decidió, por último, querellarse contra el agente de la Policía Nacional que evitó, por los pelos, chocar de frente con ella. Lo que pudo quedar en simple sanción, sin más, ha adquirido unas dimensiones desproporcionadas, aunque significativas.
El hecho es que hay uniformados que no asumen que la ley es igual para todos. Y me ha dejado de piedra Eligio Hernández al alegar, en descargo de la señora generala, que es persona culta y bien educada. O sea: van dados quienes sólo exhiban un certificado de estudios primarios, digan acuáslo (variante= cuálo) y no tengan en la Guardia Civil perro que les ladre.
Se le ha recordado al general de la Guardia Civil, tan beligerante en este asunto, que Franco ha muerto y que su reacción es improcedente hoy. Yo voy un poco más allá: su actitud es la de un jefe militar con mentalidad colonialista; otro de los tantos que hemos soportado aquí durante el siglo XIX, por no ir más atrás, y la dictadura franquista, que nos hizo retroceder todavía más. Ha dañado la imagen ganada en democracia por el Ejército y la Guardia Civil y merece ser cesado. No deben beneficiarle las oraciones del macho Soria quien, como ha asegurado él mismo, reza todos los días por los dos cuerpos armados; sin aclarar, por cierto, qué espera de ellos a cambio de extremar fervores tras sufrir la hipnosis del vaivén del botafumeiro de la catedral compostelana y el éxtasis ante el mitin-ofrenda de Rajoy al apóstol Santiago para que le eche una mano.
No viene mal recordar aquí que Santiago es el patrón de España que fue a la guerra de Melilla y mató a quinientos moros con su espada y su cuchilla para entender la sospecha soriana de que igual Zapatero es mahometano. Líbreme Dios de atribuirla, la sospecha, a intención homicida alguna, que ya Santiago no está para esos trotes; aunque sí debo resaltar que el vicepresidente considera absurda la ley que impide rendirle a la Virgen del Pino honores militares: o no ha oído hablar de la separación Iglesia-Estado o le va el Estado confesional; y no digo que el Estado teocrático porque, según él, el mahometano es Zapatero.
Comienzo a sentir síntomas de depresión posvacacional y lo dejo aquí, que no van éstos a amargarme la existencia.
Bienvenido, don José, al club de los deprimidos septembrinos. En este país de sainete, la realidad no deja de proporcionar estampas espeluznantes. Y la habilidad de Eligio para estar siempre en medio de berenjenales feos. Empieza la normalidad, después del lapso agostino.
Se supone que los que no toman vacaciones no deben pasar por eso de la depresión postvacacional, que debe ser algo peor que no tomar vacaciones, digo yo, por la cantidad de espacios que le dedican los medios a la susodicha depresión, y los pocos, por no decir ninguno, dedicados a hablar de la cantidad de gente que no cogen vacaciones y no, precisamente, por que no les guste cogerlas. Deduzco yo, que esa gente que no tienen vacaciones, salvo que lo hagan porque no les guste tomarlas, deben estar inmersos en un depresión más profunda y continuada que los otros que las toman, pero de eso se habla poco o nada. Y en el Régimen de ATI-cc y del PP, de Paulino y Soria, y de su gente de ellos, lo anormal, lo excepcional, es no estar deprimido, esto no hay cuerpo que la aguante, y llevamos soportandolo más de veinte años. Menos mal, que de vez en cuando, suceden cosas que nos distraen, como estas trifulcas entre policías con generales de los de verdad de por medio, con Eligio como guinda del pastel. Y la transmutación religiosa de José Manuel Soria, ahí es nada, después de tantos años amargándole la vida al personal a base de decisiones injustas, perversas, corruptas y ruinosas. !HELP!